miércoles, 25 de agosto de 2010

TARJETA ROJA AL MERCADO LABORAL


Quizás si la reforma laboral se decidiera en un partido de fútbol entre patronal y sindicatos con el gobierno como arbitro, alguien debería entrar en el campo y expulsar hasta al arbitro. Y es que el cúmulo de despropósitos no puede ser mayor.

Empezamos mal, con unos interlocutores deslegitimados:

• En primer lugar el presidente de la patronal por decirlo muy finadamente debería ya de haber dejado su cargo hace mucho tiempo y ocuparse de sus empresas, en lugar de aferrarse a un cargo a mi entender en exceso politizado. Y es que quizás debería de aprender a mantener la honra y recordar la celebre frase de Méndez Núñez, “Más vale honra sin barcos, que barcos sin honra”, ya que de él podríamos decir que “Más vale permanecer en el puesto sin honra y cerrando empresas, que dimitir del puesto con honra y ocuparse de sus empresas”

• En segundo lugar tenemos unos sindicatos que solo entienden de convocar huelgas. Parece que sino la montan no existen. Y yo me pregunto, ¿que va ha arreglar una huelga general? Sindicatos y patronal, deberían entenderse y buscar los puntos en los que los intereses de los trabajadores coinciden con los de los empresarios, que a mi entender son muchos, empezando por el mantenimiento de sus puestos de trabajo, incluyendo aquí obviamente el del empresario, ya que son muchos los que asisten impávidos al cierre de sus empresas mientras imploran a la banca, a los políticos y a sus organizaciones patronales con la esperanza de obtener el milagro de que se pongan de acuerdo en beneficio del interés general en lugar de no ver más halla de su ombligo.

• Y del arbitro, que decir del arbitro. En primer lugar ya no debería de ser necesario, pero ante la incompetencia de los interlocutores sociales para pactar un empate, con el que los dos ganarían, prefieren que el árbitro decida el resultado para luego criticarlo. Arbitro que por otra parte no hace más que consultar con los linieres y de vez en cuando pregunta al público por lo acertado de sus decisiones, las cuales se van modificando en función de los globos sonda que lanzan.

Y así las cosas, tenemos un mercado laboral ineficiente, con una elevada temporalidad que seca las arcas estatales vía paros y subsidios, en lugar de fomentar las relaciones estables entre empresas y trabajadores. Necesitaríamos una reforma profunda, que también debería de abarcar al personal funcionario, donde se fomenten virtudes como la asistencia al trabajo, la productividad y la correcta atención a los ciudadanos. Pero lo que tenemos es un cúmulo de medidas paliativas que no acaban de ocuparse de curar la enfermedad.

Hoy la reforma laboral afronta un nuevo reto en el Senado, y en la votación el PSOE implora al PNV por que no se modifique una redacción que ya salió del Congreso y que contemplaba como causas de despido objetivo (el más barato contempla 20 días por año trabajado) las pérdidas "actuales o previstas, o la disminución persistente del nivel de ingresos", algo que por su ambigüedad a buen seguro será una fuente inagotable de conflictos.

Podíamos intentar tomar lo mejor de algunos modelos europeos, como la flexibilidad del modelo alemán, donde se fomenta la reducción de jornada de los empleados, en lugar de los despidos, o los incentivos a la permanencia en los puestos de trabajo del modelo austriaco, o podíamos darle una vuelta más e implantar un modelo exportable al exterior, pero al final esto es lo que hay y con lo que tenemos que lidiar.

sábado, 21 de agosto de 2010

EL PROCEDIMIENTO: UN MICRORELATO DE VERANO



La noche todavía no había tocado a su fin, cuando el tedioso ruido del despertador interrumpió mi sueño. Soñaba que mi cuerpo se había fusionado con la maquina con la que trabajaba, y ahora unidos cuerpo y maquina producían a un ritmo vertiginoso. Mi boca bebía aceite y mis ojos se habían convertido en vigilantes cámaras que analizaban la productividad de mis débiles compañeros humanos.

El crujir de mis vértebras me hizo volver al mundo real, mis engranajes se quejaban de años de duro trabajo al ritmo de una maquina asesina que consumía vidas a cambio de nominas.

Ese era el precio de una vida, una nomina con la que pagar un peaje hipotecario que devoraba nuestra cuenta y que nos daba derecho a vivir en un piso de sesenta y tres metros cuadrados.

A las ocho en punto mi tarjeta de empleado se deslizo por una ranura similar a la de los TPV de las tiendas, mi tiempo en la empresa acababa de empezar. Sin embargo ese día la puerta no se abrió. Volví a pasar la tarjeta y la puerta seguía sin abrirse. Entonces el vigilante de seguridad me advirtió de que se habían anulado las tarjetas de 67 trabajadores que se verían afectados por un ERE, que dejara la tarjeta en una caja donde se amontonaban otras y que me fuera a mi casa, que ya me informarían del procedimiento.

Procedimiento, que procedimiento, después de veintidós años en la empresa esa era mi casa. No quiero seguir ningún procedimiento, quiero trabajar.

Mientras mi cabeza hervía, note una mano en la espalda, me gire y un compañero con un distintivo del sindicato parecía querer explicarme la situación, pero yo ya no oía, ya no veía, mi cabeza se había ido a la maquina en la que trabajaba todos los días, desdoblándose de mi inerte cuerpo que se desplomaba, arrastrando en su caída una caja de tarjetas con los nombres de los muertos en vida, vivos que prolongarían su agonía de entrevista en entrevista, sin saber si ese día sería el día en que podrían volver a subirse al carro de la vida.

Noticias relacionadas:
 
Los trabajadores afectados por el ERE de Nissan protestan por el centro de Barcelona