Quizás si la reforma laboral se decidiera en un partido de fútbol entre patronal y sindicatos con el gobierno como arbitro, alguien debería entrar en el campo y expulsar hasta al arbitro. Y es que el cúmulo de despropósitos no puede ser mayor.
Empezamos mal, con unos interlocutores deslegitimados:
• En primer lugar el presidente de la patronal por decirlo muy finadamente debería ya de haber dejado su cargo hace mucho tiempo y ocuparse de sus empresas, en lugar de aferrarse a un cargo a mi entender en exceso politizado. Y es que quizás debería de aprender a mantener la honra y recordar la celebre frase de Méndez Núñez, “Más vale honra sin barcos, que barcos sin honra”, ya que de él podríamos decir que “Más vale permanecer en el puesto sin honra y cerrando empresas, que dimitir del puesto con honra y ocuparse de sus empresas”
• En segundo lugar tenemos unos sindicatos que solo entienden de convocar huelgas. Parece que sino la montan no existen. Y yo me pregunto, ¿que va ha arreglar una huelga general? Sindicatos y patronal, deberían entenderse y buscar los puntos en los que los intereses de los trabajadores coinciden con los de los empresarios, que a mi entender son muchos, empezando por el mantenimiento de sus puestos de trabajo, incluyendo aquí obviamente el del empresario, ya que son muchos los que asisten impávidos al cierre de sus empresas mientras imploran a la banca, a los políticos y a sus organizaciones patronales con la esperanza de obtener el milagro de que se pongan de acuerdo en beneficio del interés general en lugar de no ver más halla de su ombligo.
• Y del arbitro, que decir del arbitro. En primer lugar ya no debería de ser necesario, pero ante la incompetencia de los interlocutores sociales para pactar un empate, con el que los dos ganarían, prefieren que el árbitro decida el resultado para luego criticarlo. Arbitro que por otra parte no hace más que consultar con los linieres y de vez en cuando pregunta al público por lo acertado de sus decisiones, las cuales se van modificando en función de los globos sonda que lanzan.
Y así las cosas, tenemos un mercado laboral ineficiente, con una elevada temporalidad que seca las arcas estatales vía paros y subsidios, en lugar de fomentar las relaciones estables entre empresas y trabajadores. Necesitaríamos una reforma profunda, que también debería de abarcar al personal funcionario, donde se fomenten virtudes como la asistencia al trabajo, la productividad y la correcta atención a los ciudadanos. Pero lo que tenemos es un cúmulo de medidas paliativas que no acaban de ocuparse de curar la enfermedad.
Hoy la reforma laboral afronta un nuevo reto en el Senado, y en la votación el PSOE implora al PNV por que no se modifique una redacción que ya salió del Congreso y que contemplaba como causas de despido objetivo (el más barato contempla 20 días por año trabajado) las pérdidas "actuales o previstas, o la disminución persistente del nivel de ingresos", algo que por su ambigüedad a buen seguro será una fuente inagotable de conflictos.
Podíamos intentar tomar lo mejor de algunos modelos europeos, como la flexibilidad del modelo alemán, donde se fomenta la reducción de jornada de los empleados, en lugar de los despidos, o los incentivos a la permanencia en los puestos de trabajo del modelo austriaco, o podíamos darle una vuelta más e implantar un modelo exportable al exterior, pero al final esto es lo que hay y con lo que tenemos que lidiar.

