miércoles, 8 de octubre de 2008

El mago y avaro. Un cuento sobre la crisis

Hace muchos años, en una próspera ciudad, existió un acaudalado hombre de negocios que había hecho una gran fortuna dedicándose al comercio de ultramar. Un buen día, cansado de los abordajes de los piratas, decidió dejar de obtener dinero con el comercio de mercancías y decidió hacer dinero con su dinero, prestándolo a los que lo necesitaban a cambio de que éstos le devolvieran la cantidad prestada, mas una cantidad adicional. El interés.

Por aquellos tiempos, que el dinero que se había usado siempre para facilitar el comercio, se usase en si mismo para obtener dinero mediante el cobro de intereses, no se entendía muy bien, por eso el negocio del préstamo no estaba muy extendido y en algunos países incluso se consideraba una actividad delictiva. Aristóteles, un viejo sabio que había vivido hacia muchos años, ya había criticado el cobro de intereses y sus enseñanzas eran aun muy respetadas.

Rudolf, que así se llamaba nuestro hombre, era un hombre orgulloso y nunca ocultó su nueva actividad, de tal manera, cuando le preguntaban a que se dedicaba, decía con la cabeza bien alta que era prestamista. Aunque todos le conocían por el banquero, por hacer sus negocios sentado en un banco a pie de calle.

El problema que tenía Rudolf era que en ocasiones no podían o no querían devolverle los préstamos, por eso Rudolf decidió exigir como garantía la casa de los prestatarios u otros bienes tangibles.

Durante muchos años, Rudolf obtuvo ingentes beneficios que se multiplicaban en ocasiones por dos. Año tras año, fue aumentando su fortuna, pero también aumentaba el riesgo que asumía, lo cual le hacía pasar noches en vela, pensando si la garantía sería la adecuada o como poder traspasar el riesgo a terceros.

Sus preocupaciones se vieron aumentadas cuando un buen día se empezó a hablar del reventón de una burbuja, que se había ocasionado por un exceso de oferta de casas y un sobreprecio de las mismas, entonces Rudolf y otros prestamistas que habían financiado el crecimiento de la economía empezaron a dejar menos dinero. Un dinero al que se habían acostumbrado, tanto los ciudadanos; para realizar sus compras, como los comerciantes; para mantener y hacer crecer sus negocios.

Al poco de empezar a cerrar el grifo, se empezó a hablar de crisis financiera y de recesión.

En este contexto, ya no pegaba ojo por las noches, teniendo un sueño recurrente. Soñaba que volaba subido en una burbuja, a su alrededor otras burbujas se elevaban habiendo una dura competición por ver cual subía más rápido. Entonces de repente todas las burbujas empezaban a caer, ahora la competición consistía en ver que burbuja aguantaba más antes de precipitarse al suelo. Aunque la de él se precipitaba a gran velocidad, aún había otras que caían más rápido. Al mirar hacia abajo, el suelo no se veía, ocultado por una muchedumbre de desahuciados a los que los prestamistas habían despojado de sus casas. Estos esperaban con enormes agujas dispuestos a pinchar las burbujas que iban cayendo. Entonces, justo antes de precipitarse contra las agujas, despertaba empapado en sudor.

Cuando despertaba así, su mujer le consolaba diciéndole que tenía que estar orgulloso de su trabajo, y que si no fuera por él, mucha gente no podría comprarse una casa.

Que culpa tenia él, si luego no podían pagar. Al fin y al cabo, les quitaba algo que si no fuera por él nunca habrían tenido. O acaso, también tenía que preocuparse si podrían pagar si subía los intereses, tal y como hacían el resto de los prestamistas.

Si no pueden pagar no es culpa tuya, le decía su mujer, que se vayan a vivir con sus padres y nosotros vendemos la casa. Y ya bastante suerte tienen, que no les apliquemos la vieja ley romana, que nos autorizaba a encarcelarlos o esclavizarlos tanto al deudor como a su familia.

Rudolf, a veces le decía a su mujer si no seria mejor volver al negocio del comercio con los barcos y seguir las enseñanzas de Aristóteles, a lo que ella le respondía que le gustaban más las enseñanzas de Bruto, el hijo de Julio Cesar, que cobraba intereses del 48%, ya que con tal beneficio podrían vivir mucho mejor y trasladarse del viejo piso de 200 metros cuadrados, a una casa en una zona de lujo, con 200 metros más y 3.000 de finca.

Y así pasaba el tiempo, pensando en que interés cobrar, o pagar, ya que algunos de sus antiguos clientes una vez cancelados sus préstamos, le dejaban cantidades en depósito a cambio de un interés, que obviamente era sensiblemente inferior al que él prestaba el dinero. Lo bueno que tenia el aceptar depósitos, es que ahora no exponía todo su dinero al riesgo, ya que hacia negocio con el dinero de sus depositarios.

Ahora, no soñaba solo con las burbujas que reventaban, soñaba también que captaba depósitos de casi todos sus conciudadanos, de tal manera que cuando bajaba la burbuja, le esperaban colchones llenos billetes en lugar de agujas afiladas. Este sueño nunca acabo de entenderlo, pero al aterrizar más suavemente no despertaba tan sobresaltado.

Un frío día de otoño, cuando el invierno llamaba a la puerta, sucedió algo diferente, un amigo suyo con el que acostumbraba a reunirse para tomar unos vinos y relajarse después de haber hecho sus negocios, le habló de un conocido que se dedicaba a lo mismo que él y se ofreció a presentárselo.

Así fue como conoció o otro prestamista, de nombre Shylock (personje prestado de “El mercader de Venecia, escrito por Shakespeare entre los años 1594 y 1597”).Este le dijo, que el solía exigir como garantía una libra de carne próxima al corazón, pero que desde que un mercader de Venecia le había dejado el pufo, y causado innumerables problemas, decidió exigir otras garantías.

-¿Qué garantías? Pregunto Rudof.

-Depende, a la gente que viaja a otros países en busca de una vida mejor, le exijo que sean mis esclavos hasta que salden la deuda; a los que tienen raíces en algún lugar, les exijo como garantía su casa; a los que trafican con sustancias prohibidas, les exijo como garantía su vida o la de algún familiar; y a los que miro que son muy religiosos, les pido en garantía su alma, ya que siempre hay alguien dispuesto a pagarlas a buen precio y con el tráfico de almas siempre se gana dinero.

-¿Y si aún así no pagan e intentan desaparecer?

-Entonces ordeno a alguno de mis esclavos que los busquen, los maten y que hagan correr la voz de que murieron por no pagar.

-¿Y si no los encuentran?

-Siempre tendrán algún familiar que pague la deuda, o con dinero o con su vida.

-Eso es peor que exigir una libra de carne, exiges ya la carne entera.

-Si, así muerta la pieza no genera más problemas y por lo menos sirve como ejemplo.

-¿Y como das a conocer tu negocio? Pregunto Rudolf.

-Es muy fácil, los que tienen necesidades ya acuden a ti, pero para los que no las tienen hay que creárselas y de eso se encargan los demás, ya que al comerciar con sus artículos y servicios, se convierten en la publicidad mas eficiente. Solo hay que extender las redes con el dinero fácil como cebo y esperar a que caigan los pajarillos.

Rudolf no quedó enteramente convencido con los métodos de Shylock, y una noche de un triste día de invierno, visitó a un mago que vivía en un bosque cercano y al que conocía ya desde que se dedicaba al comercio. El mago le había sido de gran utilidad en aquella época, ya que en su bola de cristal veía que productos subirían más sus precios. Con esta información Rudolf compraba estos, y los vendía luego con importantes plusvalías, pagando al mago puntualmente su comisión por el gran servicio prestado.

Con la esperanza de que le ayudara también en esta ocasión, le comentó su problema:

-Ilustrísimo mago, últimamente tengo un problema que me quita el sueño.

-¿Qué problema es ése?, contestó el mago.

-He dejado el negocio del comercio y ahora me estoy dedicando al negocio del préstamo, prestando principalmente a gente con dificultades para comprar casa, eso si a un precio muy superior al que se lo dejaría a otra persona en una situación económica más desahogada.

-Es un negocio arriesgado. ¿Has pensado en la posibilidad de que no te lo puedan devolver?

-Sí, pero en ese caso, como los precios de las casas hasta ahora han subido mucho, y éstas son la garantía del pago, en el caso de que no paguen, me quedo con sus casas y las vendo a otro a un precio más caro. Con lo cual siempre gano.

-Entonces, ¿qué es lo que te preocupa?

-Últimamente, parece que la vaca lechera ha engordado demasiado y está a punto de reventar. Si al final revienta puede que los precios de las viviendas bajen y la gente a la que le presté el dinero no pueda pagar. Eso sería un completo desastre.

-¿Y cómo quieres que te ayude?

-Quisiera forrarme sin asumir riesgo, le contestó al mago.

-No hay problema, dijo el mago tras pronunciar unas palabras incoherentes. El hechizo ya está hecho. Toma estos papeles que he quitado de la cacerola de los hechizos y los venderás como sólo tú sabes hacer, dentro está el mal que te preocupa, el riesgo de un cambio de tendencia de la situación actual. De tal manera distribuirás tu riesgo pero tendrás que pagar una parte importante de tu interés de usura.

Rudolf, le hizo caso al mago sólo en parte, ya que cuando la situación cambió tal y como temía, tenía muchos de los papeles que el mago sacó de la cacerola que no había repartido. Los suficientes para arruinarse.

Los papeles que salieron de la cacerola del mago circularon durante mucho tiempo portando la maldición de la usura, hasta que los gobiernos de los países tuvieron que hacerse con ellos para evitar que la economía se acabara cociéndose a fuego lento en la cacerola del mago.

Años más tarde, un arruinado Rudolf visitó al mago otra vez para ver si podía hacer algún hechizo para recuperar su fortuna, y éste le dijo que podía pedir dinero prestado para comprar participaciones de empresas. Si subían ganaría mucho dinero y si bajaban el problema lo tendría el que la hubiera dejado el dinero. El problema es que quizás no encontrara quien le dejara el dinero. Y él, si pudiera fabricarlo en su cacerola de los hechizos, lo haría para él. Entonces el mago, le pregunto:

-¿Cómo perdiste tu fortuna?

-Al final no pude colocar todos los papeles que me diste de la cacerola de los hechizos.

-Mala suerte. Replicó el mago.

-¿Y que pasó contigo cuando estalló la gran crisis? Preguntó Rudolf.

-Fui premiado en el concurso anual de magos malvados por haber generado con mi hechizo un caos sin precedentes. Le confesó el mago.

Nadie se habría enterado nunca de las tribulaciones de Rudolf, Shylock y el mago, si no fuera porque Rudolf y el mago consideraron sus gamberradas dignas de no perderse en el olvido y decidieron plasmarlas por escrito.

Así pues, las transcribieron en un manuscrito sellado con lacre y el sello del anillo del mago, el cual profirió una maldición rutinaria que había aprendido de su padre, que también se dedicó al negocio de la magia. De tal modo, el manuscrito, protegido con el hechizo del mago, permaneció oculto dentro del libro de hechizos durante muchos, muchos años.

Hasta que recientemente, unos obreros que rehabilitaban una casa muy antigua, buscando un lugar seguro para esconder unas cervezas, encontraron en una pequeña hendidura de la pared tapada por una piedra, el libro del mago.

Al poco de abrir el libro y leer el manuscrito, sobre el mundo se cernió una crisis sin precedentes. Los bancos que habían relajado sus criterios para otorgar préstamos sobre todo al consumo e hipotecarios, veían como se incrementaban los impagados y se reducía su liquidez, viéndose obligados a reducir el crédito, lo que incrementaba aún más los impagados. Era la crisis perfecta que se retroalimentaba a si misma, aumentando el número de parados y de empresas que cerraban sus puertas. A su vez, los ciudadanos reducían el consumo al bajar su confianza en el futuro y posponían en la medida de lo posible la compra de viviendas al comenzar a caer su precio. Esto generaba falta de liquidez de las empresas constructoras, más paro y más cierres de empresas.

Los estados, que habían perdido mucho poder frente a las grandes multinacionales, en un escenario de la globalización económica, no sabían muy bien hacia donde tirar, mientras las grandes corporaciones bancarias, que alimentaron un crecimiento económico que les reportó importantes beneficios, se encuentran ahora que el riesgo que han asumido les pasa factura y ponen encima de la mesa un órdago que se tienen que comer los estados y todos los contribuyentes. Ahora, muchos años después, el sueño de Rudolf tenía sentido y los colchones de billetes acuden a rescatar al sistema bancario.

Este rescate ánima a otras multinacionales que víctimas de la caída del consumo, motivada en gran medida por la restricción del crédito, ponen encima de la mesa los puestos de trabajo de sus empleados, exigiendo su parte del pastel.

Mientras tanto, los siervos de la economía global tiemblan cada vez que estornuda una multinacional, ya que con cada estornudo miles de trabajadores pierden su empleo y sus recursos para pagar el “censo” (hipoteca) al amo sus casas (el banco), que mediante contrato feudal (escritura hipotecaria) controla que sus vasallos paguen bajo la amenaza de perder el feudo (la casa). Soñando, cuando consiguen dormir, con liberarse de las hipotecas al igual que antaño los siervos se libraron de sus contratos feudales.

Y mientras el feudalismo hipotecario se tambalea, los gobernantes de los países se van de cena a una casita blanca de cuento de hadas, para observar a su vuelta, como la confianza de los inversores en las medidas tomadas se refleja en la caída de los índices donde se comercia con las acciones de las principales empresas del mundo.

Quizás la culpa fuera de los constructores que inflaron en exceso sus márgenes durante mucho tiempo y no supieron prepararse por si llegaban las vacas flacas; o de los banqueros que alimentaron el proceso con sus créditos tanto a los promotores como a los ciudadanos, con hipotecas a 40 o 50 años; también pudiera ser culpa de los políticos que no tomaron las medidas oportunas para evitar el hinchazón de la burbuja inmobiliaria, ya que mientras ésta se hinchaba también se hinchaban las arcas del estado vía impuestos; pero lo que nadie sabe, es que en realidad, la culpa fue del libro y el manuscrito que contenía, que al estar maldito y abrirse cual caja de Pandora, dispersó a los cuatro vientos el castigo a una sociedad en exceso consumista, a una banca que se dejó llevar por la usura al obtener más beneficios con hipotecas de más alto riesgo y a unos políticos que en su alternancia en el poder, siempre esperaban que la burbuja le reventara al partido de la oposición en lugar de pensar que al permitir que se hinchara de tal manera, al reventar salpicaría a la sociedad en general.

Pero algo que nadie supo, y se llevó a la tumba el albañil que rompió el lacre, es lo que había impreso sobre él en caracteres rúnicos.

“La avaricia rompe el saco”

El pobre, cuando cayó de su andamio desde un décimo piso, después de una jornada de doce horas, escribió con sus últimas fuerzas y con su propia sangre, encima del hormigón que le reventó el esternón y las costillas, lo que su padre agricultor gallego siempre le decía.

“A vaquiña polo que vale”

Todos se preguntaban, ¿por qué habría escrito tal cosa?, pero es que cuando cayó del andamio, en vez de pensar en donde estaba pisando, pensaba en por qué tenía que pagar una hipoteca a 40 años, si él solo en ese tiempo podría hacer 7 casas como la de él.

Y quien sabe si algún día, alguien volverá a encontrar el libro y el manuscrito del mago y la historia se repetirá, en una historia sin fin que solo acabará cuando el ser humano desaparezca de la faz de la tierra, o la tierra y las viviendas tengan un valor razonable que no obligue a sus inquilinos a ser siervos de ellas.







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