lunes, 9 de marzo de 2009

El reino de Pufo. Un cuento sobre la morosidad en las Administraciones Públicas.

Érase una vez un rey llamado Pufo. A este rey, como a casi todos, le gustaba que le trataran con gran reverencia, y a tal efecto promulgo una ley para que todo el mundo antepusiera a su nombre la palabra grande, pero como grande pufo no quedaba bien, paso a denominarse “EL GRAN PUFO”.

El rey Pufo, como casi todos los reyes que querían permanecer en el poder muchos años y no ser victima de sublevaciones populares, gustaba de agradar a su pueblo. Para ello no dudaba en acudir a la banca para financiar sus inversiones.

No tardo en darse cuenta, de que ya que la banca cobraba intereses, era más barato retrasar los pagos a todos los que quisieran vender o realizar obras para el reino.

Sin embargo, como el retrasar los pagos no estaba bien visto, y aproximadamente una cuarta parte de las empresas que cerraban era por problemas financieros por culpa de la morosidad, decidió maquillar su retraso en los pagos y promulgo una ley que establecía períodos de pago de 30 días para las empresas y de 60 días para las Administraciones Públicas. Esta ley nunca llego a cumplirla.

No obstante, como le preocupaba que las empresas que cerraran le dejaran deudas, promulgo una ley que llamo concurso de acreedores, en la cual se reservaba el papel de acreedor privilegiado al reino, con el fin de cobrar antes que nadie. Para los otros acreedores quedaban los despojos que no se hubieran llevado el reino y los bancos.

Por otra parte, como le preocupaba que los ciudadanos no pagaran religiosamente sus impuestos, o que alguien le debiera dinero al reino, establecía cuantiosos recargos en caso de impago, o embargos de dineros y bienes a aquellos osados que no cumplieran religiosamente con sus obligaciones tributarias.

Y así funciono el reino durante muchos años, hasta que una crisis golpeo duramente el reino y la morosidad se incremento de tal manera, que cada vez cerraban más y más empresas.

Ante esta situación, el rey Pufo pensó que se debería inyectar liquidez en la economía, pero no pensó agilizar los pagos de las administraciones y hacer que se cumpliera la ley que había promulgado, en su lugar encargo esto a los bancos del reino, los cuales se resistían a jugarse los cuartos de sus depositantes al ver que la economía estaba hecha unos zorros.

Ante esta situación, seguían cerrando cada vez más y más empresas.

De tal modo, los ingresos del reino empezaron a decrecer y tubo que endeudarse cada vez más y más para poder hacerse cargo de los ciudadanos que se quedaban sin trabajo y pagar todos los gastos del reino.

En este contexto, cada vez había más parados cada vez más desquiciados.

Las preediciones sobre el número de parados y el porcentaje que se esperaba decrecer en los próximos años, pasaron a ser el entretenimiento nacional, minando la moral de los ciudadanos del reino, que no se atrevían a gastarse una perra.

Ante esta situación el rey Pufo mando a las cabezas más lucidas del país al reino de Davos, donde se reunieron con otras cabezas lucidas de otros reinos, y llegaron a la conclusión de que si la crisis seguía habría estallidos sociales.

Y debió ser de algún estallido social como acabo el reino de Pufo, y aunque su nombre perduro hasta nuestros días, no fue como a él le hubiera gustado, ya que su nombre pasó a ser sinónimo de impagos.

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